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234. En el camino / Fragmentos para un relato de formación.

Bruselas. El viaje y la imposibilidad de la escritura.
O los paisajes del limbo.
«[…] pude comprobar que existe una memoria paralela a la que registra los hechos de la realidad sensible que nos permite reconocer ciertas cosas como ya soñadas, es decir, una memoria de los sueños que nos crea un pasado ajeno a nuestra experiencia o ya borrado de nuestra memoria. La muerte, la mudanza, el viaje, el retorno, son los grandes catalizadores de esas figuras simbólicas recurrentes, obsesivas y raras, cuya presencia latente produce interminables resonancias que nos distraen o nos dominan y nos impiden poner toda la atención en la escritura.»  (Salvador Elizondo. Camera Lucida. 1983.)

Bruselas, invierno de 2010. Mis ojos buscan alguna referencia apenas piso la calle. Escapo del hotel sin poder evitar que el cometido inmediato de estas horas de paseo sea ir cotejando imágenes del pasado. Trato de encontrar relación entre lo que se extiende frente a mí durante los primeros avances de la caminata y aquello que creía haber visto en un viaje anterior. Nada se corresponde. Como si, en una oscuridad total, mis ojos hicieran un esfuerzo por adecuarse a esa pérdida de orientación. Una sensación cercana al letargo tópico y al mismo tiempo indefinido de los sueños más difusos. Entonces sospecho de mi mente y me pregunto si es cierto que alguna vez he estado aquí. Porque estuve aquí hace unos años, pasé un día entero (desde la madrugada hasta las primeras horas de la noche) merodeando por estas mismas calles y a pesar de ello no recuerdo la ciudad. Permanece oculta para mí. Caminarla ahora con esa sensación de extrañeza orilla a la incertidumbre y provoca un fácil e inmediato cuestionamiento sobre la realidad. Ni un solo detalle que haya conseguido prevalecer sobre el lugar. Mi álbum fotográfico registra la visita en 2006 y es esa certeza lo que vuelve avanzar por sus calles apagadas una experiencia desconcertante. No ha pasado mucho desde entonces. Llegué por la mañana a la Gare Centrale, recuerdo eso y un olor a pan recién horneado, dulce. No había salido de la estación y ya había una vendedora de waffles en el hall. No recuerdo más que aquel olor artificial.

Ahora me detengo en un doble esfuerzo: primero en el ejercicio de torpe evocación que ha hecho evidente el deterioro del recuerdo. Una memoria que ha perdido sus rasgos fundamentales, de forma tal que relatar los hechos pasados se vuelve para mí una empresa insostenible. Después en el impedimento de avanzar con claridad a lo largo de esta página. Preso de violentas distracciones lanzo puntos que se desperdigan sin relación visible. Ya siento que pierdo el hilo de la historia y mi hipotético lector no sabe en dónde situarse. Comienzan aquí a hacerse latentes los primeros síntomas de mi condición: el punto en el que la escritura me parece imposible. Tropiezo en el intento por revivir la experiencia y no logro convertirla en relato. Los datos se revuelven en mi interior. El exceso de referencias se desborda y los párrafos carecen de orden. ¿Hace cuánto tiempo que no logro un ejercicio así? Detenerse unas horas frente a la computadora, vaciar una mínima experiencia andando por la ciudad, cualquier ciudad. Una intención que he repetido más de una vez, como un ejercicio personal. Meses enteros de cansado silencio. La modernidad nos ha enseñado ya que el arte no es reducible a la obra y sin embargo en mí prevalece la congoja. Me siento, de la misma forma que al iniciar el paseo por un lugar doblemente desconocido, caminando a tientas a lo largo de un corredor del que ignoro la salida. La vanguardia clásica basta para dar cuenta de una jerarquía de artistas sin obras: artistas suspendidos en un territorio aparte, artistas del anonimato, del limbo. No me consuelo, mi relato superpone dos viajes y se pierde en el obstáculo de su escritura.

Avanzo a pesar los obstáculos: la dificultad para encontrar un hueco en mis horarios y poder pasear por la ciudad; la aglomeración de gente que entorpece las vistas. Esta vez, apenas cruzo la  Boulevard de l’Imperatrice Keizerinlaan y entro por lo alto a la Place d’ Espagne comienzo a darme cuenta de algunas de las razones que han inhibido la presencia de esta ciudad en mis recuerdos, por ahora no hago caso y me dejo llevar en el disfrute de lo inédito. No he venido a hacer turismo. Mi desplazamiento se ve justificado por razones de trabajo, sin embargo hago lo que cualquier turista. La primera vez que vine a la ciudad no pernocté aquí una sola noche. Aún así repasé los caminos acostumbrados por todos los visitantes. El Palais de Brixelles; las Galeries royales Saint-Hubert. Trayectorias repetidas al pie de la letra. Existen estadísticas que confirman los íconos más fotografiados. La Cathédrale Saint-Michel; el Manneken pis. Hoy debo hacer un esfuerzo para incorporarme al goce banal de esta actividad. Busco un momento oportuno para escapar y lanzarme al anonimato que me brinda el turismo. Tal vez en ello radiquen mis principales dificultades al momento de evocar este viaje. No consigo ordenar mi trayecto de forma que su narración resulte sencilla precisamente porque mi recorrido se ve interrumpido continuamente. Paseo de manera fugaz. Camino pero al cabo de unas horas debo volver al hotel para concertar una reunión o asistir a una conferencia. Así una y otra vez. Imagino entonces que mi viaje a esta ciudad es un racimo de pequeños viajes reunidos sin orden en el centro de Europa. Porque Bruselas, se dice, es el centro de Europa. Me figuro que visitar ese centro es caminar por un lugar imaginado o soñado en el que los caminos se simplifican y uno salta sin problemas de un lugar a otro. No existen espacios intermedios y es todo una abrumadora simplificación.

En un principio me sorprende la idea del desconocimiento, avanzo repitiéndome una comparación: es como si nunca hubiese estado aquí. Pruebo atajos y rodeos aleatorios para alargar la llegada a la Grand Place, como buscando encontrar alguna revelación a la extrañeza que la ciudad me causa. Lo hago así pues la recurrencia de los folletos comerciales que promocionan el lugar como destino turístico, me ha impuesto su imagen como un recuerdo propio y lo que busco, precisamente, es el amparo de alguna sorpresa que lo vuelva más real. En los nudos que hago por las calles aledañas posponiendo esa explanada cubierta de adoquines comienzo a advertir una primera claridad. Reconozco una esquina, la acera frente una tienda de ultramarinos o la entrada a un corredor comercial con grandes escaparates. Voy encontrando las correspondencias. El parecido de la perspectiva con aquella plaza que visité en París, o el final de una calle que es equivalente al fondo que aparece en una de mis fotografías de Praga. Caigo en cuenta de que la anarquía latente que puebla todas la evocaciones que hasta la fecha he hecho de Bruselas, se debe a un ejercicio de superposición que la memoria ha acostumbrado durante años. Veo desdoblarse frente a mí una serie de imágenes que he colocado antes en otros geografías. Espacios que durante mucho tiempo he creído que pertenecen a otros países, a otras localidades europeas. Como si Bruselas fuese un tremendo tapiz que une muchos lugares, o como si viajar fuera en realidad un mismo recorrido interminable, en el que se impone el pensamiento y entonces lo que menos importa es el territorio por el que uno se desplaza. Dudo sin embargo de mi y de la autenticidad de todos mis recuerdos. Moverse, a fin de cuentas, quiere decir renunciar al espacio habitual, de manera que los lugares extranjeros son la oportunidad para una nueva vida, pienso, para cuestionar la autenticidad de esa vida.

Exhausto como estoy me pregunto si finalmente ha valido la pena elegir esta experiencia para destacarla sobre otras y convertirla en relato. No encuentro en ella más que dificultades; obstáculos a lo largo de su triple recorrido. Pues al paseo del recuerdo se la ha sumado, primero, un segundo viaje, y después, el desgastante intento de su escritura. Quizá la selección se deba a la esperanza de que un resquicio fuera de la normalidad habitual me de los elementos para salir de mi parálisis. A fin de cuentas, ¿no es eso lo que se espera siempre de los viajes.? El viaje, en el mundo y en el papel, dice Claudio Magris, es un continuo preámbulo, un preludio de algo que siempre está por venir y siempre a la vuelta de la esquina. Sí, como un limbo, como una tierra de nadie, como un agujero sin definición todavía que no es final ni principio. El limbo es un borde, una orla intermedia entre el cielo y el infierno, pero es también un lugar donde se transita libremente. Sin la carga material que suponen el tiempo y el espacio. Tal vez con la posibilidad de revolverlo todo, de hacer efectiva la unión de elementos que pertenecen a lugares muy diversos. Porque a final de cuentas, el viaje es también en si mismo una escritura, una digresión de la experiencia que permite moverse en todas las direcciones. Es entonces que abandono mi intento convencido y conforme de su lógica de obra inacabada, como la de todos esos artistas de la renuncia que han privilegiado la experiencia sobre el objeto. Mi experiencia es un preámbulo continuo capaz de comprobar que existe una memoria paralela que registra los  hechos de la realidad sensible y crea un pasado ajeno a nuestra experiencia. Tal y como ha sucedido con Bruselas. Sin ser capaz de definir qué es mi imaginación y qué es Bruselas; qué es Europa y qué es el ejercicio del sueño y la memoria; qué es el viaje y, acaso si existe entre ellos una diferencia posible, qué es la trayectoria de la escritura.

80. En el camino / Fragmentos de un relato de formación.

Deriva mazatleca;
o vacacionar dentro de casa.
Contrario a las reglas que la definen, la deriva comienza esta vez antes de la caminata. Comienza con dos imágenes de gran potencia individual. La primera habita la memoria casi desde la infancia. Practicada más de una vez con una vieja cámara de vídeo Hi8 que me prestaba una de mis tías. La segunda, pensada antes y alimentada años después por los azares combinatorios de la imaginación, con la lectura de un libro de Octavio Paz que a su vez me hace pensar en un libro de Mario Levrero. La primera imagen es un simple recorrido de la vista, lento y extendido. El ojo mira, repasa, curiosea de un lado a otro por una estantería. Es una estantería vieja y a la vez renovada. Es mi propia estantería, la de la habitación que, a pesar de los años, sigo teniendo en la casa de mi madre. La segunda imagen es una caminata. Pero no se trata de un paseo recreativo y gozoso, es una caminata desconcertante. Un hombre elige su camino pero al mismo tiempo, vuelve a su hogar luego de una ausencia prolongada y, a pesar de encontrar en el espacio de la ciudad las cosas dispuestas de la misma forma que han estado siempre, siente un desconcierto que lo confronta. Todos los elementos colocados ordenadamente, en su sitio justo, y él no puede evitar sentir que todo alrededor es distinto. Que, sin que él pueda verlo, por que aquellas construcciones y aquellas formas permanecen estáticas ante su mirada, todo se cae a pedazos y se transforma en un caos absoluto. La realidad o la memoria, mudando su domicilio. 

Ambas imágenes, en principio, parecen no guardar una relación de afinidad, ni entre ellas, ni con mi conciencia lúcida, sin embargo, aparece el paseo que estimula siempre la imaginación y las elucubraciones. Voy de vacaciones a mi casa. Una frase que dicha así no consigue coherencia. Se entiende incluso como una contradicción casi obvia. Un vacacionista, podemos creer, se desplaza, viaja, potencia su libertad y busca un sitio distinto al cotidiano para vaciarse de lo comunes arrebatos de la vida de a diario. Aunque no sea una condición absoluta, aunque haya a veces numerosos impedimentos para emprender esa huída (económicos, familiares, políticos, de salud), confiamos en que la vacaciones implican la salida de casa. No por nada otras palabras relacionadas provienen de la misma familia, vacare: vagabundo, vacuo, vacante; vacaciones. Paseo entonces como hago y escribo habitualmente, pero esta vez, lo hago por casa. Lo hago por esa casa en la que tengo una habitación a pesar de haberme ido hace diez años, y lo hago también por la ciudad en la que habita esa casa y en la que habita mi madre y mi acta de nacimiento. Soy un vagabundo que, ocioso, libre por un pequeño lapso de tiempo, desembarazado de sus obligaciones, deriva sintiendo que restituye para sí mismo el paraíso perdido.

La deriva es un paseo que trata de oponerse a las nociones clásicas de caminata y viaje. El fin es reconocer los efectos de la llamada psicogeografía. En la deriva una o varias personas se abandonan renunciando durante un tiempo a los motivos habituales para desplazarse: trabajo, escuela, casa; destino fijo. En su lugar el que pasea se deja llevar por las demandas del terreno. Va a la deriva tomando trayectos aleatorios que responden sólo a sus impulsos y a los estímulos que el territorio va desdoblándole delante. El ejercicio fue planteado en sus inicios por el filósofo francés Guy Debord y la organización artística la Internacional Situacionista, su objetivo era establecer una reflexión sobre las formas de ver y experimentar la vida urbana. Algo que hoy, cargado de su frivolidad pertinente, podría acercarse más al turismo experimental1. Pero, ¿cómo es que mis vacaciones por casa se convierten sin más en una auténtica deriva? Paseo de pronto, luego de años de ausencia por los pequeños recovecos de mi casa. Voy andando, derivando sin rumbo definido por los caminos que me dicta mi casa. El patio en el fondo con el ficus crecido haciendo sombra. El piso rojo ladrillo que pintaba en los veranos. La escalera con las manchas del que baja corriendo y se apoya en el muro próximo al descanso. Luego el pasillo, la salita de tele en la que duermo más de la mitad de las noches y al final la habitación de la infancia. Los mismos muebles, la ropa abandonada, todavía en pilas dentro del armario. Y allí las dos imágenes iniciales que son una sola imagen que invoca la deriva.

Derivo por la estantería de mi vieja habitación como si los años no hubieran pasado y a pesar de esa exacta pulcritud, de ese tiempo detenido allí, mi condición vacacionista se reitera, se hace latente, se me repite cada vez que los estímulos de mi deriva me hacen experimentar sentimientos, sensaciones. Algunas son físicas: estornudo por el polvo o escucho tronar una rodilla cuando me agacho a las repisas más bajas. Otras, las más, son sentimentales: los recuerdos asaltan la memoria y picotean incluso los lagrimales. Es entonces que me pierdo, totalmente, en un paraje ya desconocido, a pesar de que, como el caminante del libro de Paz y de Levrero, soy conciente de que nada se ha movido en años pero a la vez siento como todo es radicalmente distinto y diferente. Los dedos escarban y voy encontrando los títulos más adolescentes. Luego paseo por muchos que dejé sin leer por que al final no eran aptos para mis amorfos hábitos de lectura. Entonces me encuentro sin enlaces previos o dilatadas transiciones escogiendo el camino de Galta. Convencido de que había yo ido por ese paraje alguna vez, pero seguro de no haber abierto nunca esa página de la antología azul de Octavio Paz que, en un arrebato de sabiduría, hice comprarme a mi tía, la de la cámara, cuando tenía quince o dieciséis años.

Entonces decido que lo mejor será escoger el camino de Galta, recorrerlo de nuevo… Pienso que, precisamente al comenzar la caminata, tampoco sabía adónde iba ni me preocupaba saberlo. No me hacía preguntas: caminaba, nada más caminaba, sin rumbo fijo. Iba al encuentro… ¿de qué iba al encuentro? Entonces no lo sabía y no lo sé ahora2. Perderme derivando por ese paraje desconocido, como si Galta y como si mi estantería fueran un mismo territorio lejano, me produce una sensación muy extraña. Como un arrebato exageradamente rápido. Como esas veces en las que uno se despierta de repente y no está en su habitación si no en otra cama, y siente un absoluto desconcierto. Pero no es un desconcierto fantástico, no. Uno sabe perfectamente por que no está durmiendo en su cama. Se fue de viaje, fue invitado a pernoctar en otro sitio. Visitó a alguien y se hizo tarde. La noche cayó de sorpresa y como la fiesta se alargó más de la cuenta no hubo manera de volver hasta casa. Lo que sea. Uno sabe por qué ha aparecido en esa cama, pero en el instante justo en que se ha despertado no lo sabe. Caer en cuenta del cambio que ha sufrido la rutina toma sólo unos segundos, pero esos segundos, son una confusión de grandes proporciones, una congoja insuperable, y la mente y el cuerpo y la realidad, derivan, se pierden, no encuentran la dirección fijada previamente y aquello se vuelve, sin saberlo, un viaje interminable, unas vacaciones permanentes, pero en casa. Una evidencia del ensueño que es a veces volver de nuevo al lugar del que se ha partido. Como si todo siguiera intacto, dispuesto en su sitio antes fijado, pero siempre, irremediable condición, absolutamente distinto que antes. La realidad y la memoria, mudando su domicilio.


1 Nueva aproximación al turismo en la que los viajeros no visitan los habituales lugares turísticos, o si lo hacen, modifican su trayecto dejando que sea el azar o el capricho lo que los guíe. El concepto fue desarrollado por Joel Henry, director del Laboratorio de Turismo Experimental en 1990 y puesto en práctica por Lonely Planet en 2005.
2 Texto en cursivas: Paz, Octavio. El Mono Gramático. Seix Barral. Barcelona: 2001. P. 11.

39. En el camino / Fragmentos para un relato de formación.

Van Gogh en la puerta de abordaje:
la paradoja de Arles.

Cuando espera todavía en la puerta de abordaje número 14-B del Aeropuerto de Barajas, en Madrid, con los brazos cruzados sobre el pecho y la pequeña mochila cobijada entre las piernas, el hombre, el viajero, se dedica más bien a divagar perdiendo el tiempo. Allí, dentro de su cabeza, sucede un recorrido entreverado de palabras e imágenes. Presente de indicativo: el hombre viaja hacia su país de origen y, al mismo tiempo, camina recordando, imaginando los pequeños rincones de su ciudad natal corregidos una y otra vez en su memoria y próximos a ser vividos en la realidad física de unas pequeñas vacaciones. Es justo en ese momento, cuando la vista está casi nublada y el viajante se deja perder entre sus pensamientos y los territorios de su remembranza, que viene un hombre y le roba sin más el puesto de la fila.

El viajante no se inmuta pero en lugar del blanco de su mente, lugar común oportuno para el caso, la tela nublada que le cubre los ojos se hace apenas roja, anaranjada. El viajero haciendo cola en la fila de abordaje ve frente a sí el cabello rojo del hombre que acaba de colarse y se deja perder, pensando mientras mira hacia adelante. Hasta ese momento todo parece guardar sus proporciones pero, de pronto, el hombre de cabello rojo se gira y nuestro viajante cree ver, destello que lo despierta de su letargo reflexivo, el rostro conocido del pintor neerlandés icono del impresionismo. Casi parpadeando de forma exagerada, nuestro viajante y personaje saca las gafas y restriega las pupilas, comprobando. No puede ser dice, es idéntico a Vincent Van Gogh y desvía su pensamiento por otros derroteros.

La paradoja de Arles, cuatro años antes que la fila de abordaje: el viajero, apenas adolescente, camina por las calles de una pequeña población del sur de Francia, en la antigua demarcación de Provenza. Aunque los vestigios romanos, como el anfiteatro donde ahora se lidian corridas de toros, sean lo que más impresiona a cualquier turista que visita por primera vez Arles, dice una guía de viajes sobre el lugar, el otro gran reclamo de la ciudad es la Ruta Van Gogh. Nuestro viajero se desplaza lentamente, buscando sin embargo, con desesperación, la imagen impresa en su cabeza, la escenografía reconocida en la distancia del origen, la imagen previa ya concebida sobre su viaje desde antes de iniciar el trayecto: la forma simplificada de la litografía que, reproduciendo a su vez los trazos originales del pintor, construye una idea sobre el territorio visitado.

Al acercarse a la Plaza del Forum de Arles, el viajero encuentra todos los elementos en su sitio. No hay una confrontación de su imagen previa con la realidad que experimentará en el destino. Todo corresponde y él, siente alivio, se anima, se entusiasma, pide un tarro de cerveza y se sienta en la terraza de El café de Arles, a contemplar el paisaje inmaculado del rincón tantas veces visitado desde el extranjero. Los turistas, se ha dicho ya, son consumidores de imágenes más que de lugares. Nuestro visitante está sentado en una imagen, no en un lugar verdadero. 

Nuestro visitante bebe una cerveza aposentado en una noche cerrada de luz amarilla frente a un local que ilumina la calle. El viajero observa la Plaza del Forum de Arles, bajo un oscuro y estrellado cielo de 1888. Cabría entonces aquí una pregunta pertinente y sencilla, ¿cómo lo hace, cómo lo consigue?

A principios de los años noventa, el famoso café fue adquirido por unos nuevos propietarios, los recién llegados optaron por proyectar la transformación del local. No se trataba de cualquier sitio, era, a fin de cuentas y sin lugar a dudas, el mismo café que Van Gogh había inmortalizado casi un siglo antes en uno de sus más famosos cuadros. La decisión principal fue motivada por la imagen previa, los propietarios del café pintaron de amarillo intenso su fachada con el fin de evocar la obra del pintor neerlandés. Así, cada turista que llegara a pasear por las calles de Arles podría encontrar, sin dificultades, el lugar “intacto” que hacía muchos años había sido inmortalizado por la mirada de un creador excéntrico y de fama mundial.

La paradoja de Arles, dice el doctor Antonio Donaire, es una constante del turismo contemporáneo. Lo que compite entre sí no son los lugares turísticos sino la imagen que se tiene de ellos. Muchos de los destinos turísticos más importantes terminan volviéndose prisioneros de sus propias imágenes en un esfuerzo por adecuar la realidad a sus capturas. La visita de la ficción que mitifica el espacio aunque termine suplantándolo y creando, sin más, un parque temático, un espacio de confort para el viajante, un decantado disneylandia. El tour de las estrellas; Macondo en lugar de Aracataca, Balbec en lugar de Cabourg; intercambio del Laffayette, Mississipi por un impronunciable Yoknapatawpha.

Pasadas más de dieciséis horas entre filas, aviones y aeropuertos, nuestro viajero, de vuelta en el presente, camina al fin por los andadores de su ciudad natal, visitada ahora como lugar de vacaciones. Un malecón que se le desdobla delante como tantas veces. Camina contento, secándose el sudor de la frente con un pañuelo blanco. Sin embargo, la imagen previa sobre el sitio, construida desde la nostalgia, lo obliga ahora a mantener vivo el dibujo del recuerdo por encima de la realidad que le cruza por delante. En su primer paseo después de casi tres años sin mirar ese sitio tantas veces recordado, nuestro viajero se descubre, con espanto, inmóvil mirando de nuevo los recuerdos cautivos de su constante nostalgia del origen, de la absoluta fatiga del desplazamiento. O lo que es lo mismo (presente de indicativo) se descubre extrañando que extrañaba, desde la lejanía continental de su exilio voluntario, extrañar el lugar que ahora vive, no en la postal mitificada que regala la ficción del territorio, sino en la experiencia desbordante de lo real en su trayecto de regreso a la casa.

33. En el camino / Fragmentos para un relato de formación.

Escribir desde el tren y la frontera.
O, notas para una carta a Juan Esmerio.
Muchos escritores relacionan el viaje con la literatura. Otros, quizá los mismos, creen en el proceso de escritura como un viaje, un trayecto. Al igual que viajar, dicen, escribir implica combinar, reajustar, ir en una u otra dirección; perderse. Desde la Odisea los vínculos entre el viaje y la literatura se confunden. Se entrecruzan en una única exploración: la construcción de la identidad; la compresión del mundo y del sujeto. Escribiendo o no, viajando o no, es un hecho que desde el Romanticismo el relato, es decir la narración, se convierte en la condición primera del viajante. Se viaja para narrar el viaje, es ese su motivo y no su resultado. La literatura fija en el viaje su objeto, su finalidad. La figura del viajero se confunde entonces, también, con la del escritor.


Apreciado Juan: Te escribo estas notas desde un tren estacionado. Apenas amanece, es invierno y hace frío. Llevo un abrigo gris que estrené la primera vez que viajé a Europa. Tiene los botones de metal, plateados, podría ser de un oficial de la Primera Guerra; creo que Kafka llevaba uno parecido en una foto que vi hace algunos años. Vine a una pequeña ciudad cerca de Barcelona por motivos de trabajo. Pernocté sólo una noche. A primera instancia parecería cansado, la ciudad no es nada extraordinario pero el trayecto en tren ha hecho que el desplazamiento valiera la pena. Cinco horas sobre una vía que bordea el mediterráneo y un día entero entre oficinas que bien podrían ser iguales a las de la ciudad en la que vivo. Aún así he cumplido con la cuota, según la Organización Mundial de Turismo de las Naciones Unidas, hacen falta sólo 24 horas ausentado del lugar de residencia habitual y una pernoctación para ser considerado un turista.

La narración romántica del viaje no era exclusiva de la escritura. Muchos pintores del siglo XIX emprendieron numerosas expediciones en busca de paisajes desconocidos. No había fotografía y entonces, era necesario buscar territorios ignotos, era preciso llenar esos huecos en el mapa. Lo curioso es que la figura antes reservada para navegantes, militares o embajadores, fue ocupada por el narrador, por el artista; así el espacio quedó abierto para la anécdota, para el relato de las aventuras, para la introspección personal. En todo caso y más allá de las memorias, una escritura se vuelve constante en el viajante, hablo de la epístola, la carta. El revisor perfora mi boleto y sigue con los demás pasajeros. Deja una estela de olor a cigarrillo mezclado con colonia masculina. Mientras el tren sale de la estación, hago notas para enviarte una carta.

Me dedico más bien a contarte tonterías sobre el clima, el tren o los botones de un abrigo que estrené hace unos años; el espacio queda abierto para la anécdota. Creo que fue en el invierno de 2006, hasta entonces nunca había viajado en tren. Mi primer trayecto lo hice cruzando la frontera entre la República Checa y Alemania. La ruta en concreto, Praga-Dresden. Me impresionó el paisaje y la cadencia repetitiva de elementos: nieve, árboles, montañas, ríos y la esporádica aparición de poblaciones con casas de techos a dos aguas. Motivado por filiaciones románticas que hacían de mi primer viaje a Europa una experiencia de turismo literario, leía a Kafka durante el trayecto. Los diarios de Kafka y sus recurrentes repeticiones de ese estimulo aletargado en el que el tedio vital vuelve, de manera casi espontánea, del ir y venir de su vida una ruta, un desplazamiento hacia lo ignoto, un viaje hacia el centro del abismo que se convierte en un viaje al centro de si mismo.

Leyendo en ese entonces y releyendo ahora un fragmento de su diario la voz de Kafka se apropia de mi viaje y traspasa los límites de mi trayecto. En una de sus entradas, el escritor narra el encuentro con un oficial alemán súbdito del imperio germánico, ocurrido en un tren antes de la Primera Guerra. El oficial le pregunta a Kafka por sus orígenes. Kafka recurre a su filiación Austrohúngara. Ambos entablan una conversación pero el oficial no logra comprender del todo la identidad de Kafka. La nacionalidad de Kafka es en sí un trayecto y una ruta, una múltiple frontera. El escritor nació en Praga pero no es ciudadano checo, la nacionalidad de su pasaporte lo cataloga como austriaco. Sin embargo, el oficial no puede identificarlo simplemente como austriaco por que Kafka es también judío. Pero no es un judío practicante, es un judío desarraigado. El oficial se muestra desorientado al intentar situar a Kafka en algún territorio reconocible. ¿Qué tierra es Kafka? ¿Cuál es su trayecto? No otra cosa que una constante de vuelta a la frontera.

Avanzo en el tren desde una ciudad cercana a Barcelona y sin embargo, comienzo a hacer latente en mi cabeza la idea del viajero que atraviesa fronteras. Paso, como esa primera vez, la delimitación entre la República Checa y Alemania. Ahora un oficial de migración revisa mi pasaporte, pasados unos minutos un joven de origen árabe es detenido. Le exigen los documentos que permiten su tránsito libre por la Unión Europea, el joven no los tiene y es invitado a bajar del vagón en la próxima parada. El joven se queda mirando como nos marchamos y yo no puedo evitar imaginar su incertidumbre y la rotunda lejanía en la que se encuentra en ese instante. La frontera ejerce sus represalias y él oscila, como Kafka, en el territorio de la identidad diluida entre las líneas divisorias del mundo. Fronteras que se entrecruzan y superponen, como marcas indelebles: las fronteras diversas del territorio, de la geografía, y de la política, pero también de la literatura, del viaje.

Apreciado Juan: Te escribo estas notas desde un tren que se mueve por Europa traspasando fronteras, pero te escribo también desde un tren que se desplaza por las líneas del papel amarillo de una libreta que comencé apenas hace unas semanas. Tratando de cumplir al dedillo con mis propias sentencias sobre el viaje y sobre la literatura. Al igual que viajar intento que escribir implique combinar, reajustar, ir en una u otra dirección y sobre todo, perderse. Se viaja para narrar el viaje. La figura del viajero se confunde entonces, también, con la del escritor y uno trata de dejarse ir por una vía en línea recta en la que algo va dejándose atrás en el camino pero en la que, a la vez, siempre se sigue hacia adelante. Continuamente hacia adelante.

23. En el camino / Fragmentos de para relato de formación.

Notas de un yo para el domingo y el viaje.
O algunas maneras de volver lo ajeno un territorio próximo.
Huyendo de las inclemencias de la vida cotidiana, salgo a pasear por la ciudad y esa simple actividad, termina volviéndose para mí un acontecimiento. Justo unas horas antes de calzarme los tenis y lazarme a la calle, leía en el periódico la referencia a una lista sobre gustos y disgustos hecha por Roland Barthes: me gustan los paseos moderados. ¿Hace cuánto tiempo que no salgo a caminar por la ciudad? Desde hace unos meses el tiempo no me alcanza para mucho. No soy un buen viajero, me aburro, me deprimo. Gusto sólo del paseo momentáneo; un cigarro eventual, un destino pretendido. A pesar de ello me animo y salgo, acompañado. Me atrevo sin más a ir anotando las incidencias del trayecto y apuro un inventario sólo para conseguir que mi paseo se extienda un par de horas. Me refugio así en los modismos actuales que son ya lo común de la literatura: el yo asalta las estanterías, dicen. Narraciones que juguetean con el género autobiográfico y hacen pertinente hablar de autoficciónes1. Me invade entonces la primera persona y yo, camino, discurro, voy midiendo la distancia que me aleja de mi departamento mientras, sin un rumbo definido, bajo hasta el casco antiguo de la ciudad en la que vivo desde hace un par de años.

Doy uno y otro paso y a veces, sin darme cuenta o conscientemente, reparo, vuelvo, me arrepiento. La primera persona nunca me ha resultado particularmente sencilla. Batallo con las conjugaciones y los paseos referenciales ¿Me invade a mi también ese yo aposentado desde hace tiempo en las estanterías? A primera instancia lo contado aquí parecería ameritar la recurrencia: el chocante arrebato de tropezarse con el pronombre personal continuamente. Desde la Antigüedad hasta nuestros días los textos de los viajeros se caracterizan por ser relatos subjetivos que revisten un carácter testimonial. Si en el siglo XVIII se cernía sobre el viajero ilustrado una responsabilidad informativa que le obligaba a desplazarse con un plan y unos objetivos concretos, el viaje en el siglo XIX permitirá un abierto vagabundeo antes vedado para los peregrinos. En el Romanticismo, la figura del viajero será también la del escritor, de tal manera que los límites entre el género autobiográfico y la escritura del viaje terminarán diluyéndose. 
Viajo entonces. La idea me anima a extender un poco más mi recorrido, no es difícil desempolvar la sensación de turista en un sitio como este. Desde la montaña hasta el puerto hay turistas invadiendo las aceras y los monumentos. Casi sin querer acumulo datos de un paseo poco premeditado. Domingo, son más de las doce del mediodía y la gente ya ha poblado la calle. Mi compañera y yo no parecemos muy distintos a la ola de visitantes que hacen fotografías. La torre del teleférico al fondo de la calle, un número cinco sobre el borde del muelle: yo también hago fotos. ¿Qué diferencia hay entre nosotros y ellos? Hacemos turismo en una ciudad que, del alguna forma, ya nos pertenece un poco más que antes; tenemos recuerdos que suceden en ella. Sigo recolectando incidencias del trayecto y el asunto me lleva a ir enlistando, como Barthes, aquello que me gusta o desagrada. ¿Qué palabras aparecen más por esta calle? Café, bar, mediterráneo, tabac, farmacia. Uno de mis amigos, trabaja haciendo inventarios urbanísticos que después traslada a un plano arquitectónico. Metodologías para las reformas de una calle. Bajo sus ojos, mi lista cambiaría radicalmente: arbotante, poste, sitio de parking, línea de luz eléctrica, señal de tránsito, toma de agua. Un catálogo digno para las manías de Georges Perec que sin embargo, daría amplia cuenta de nuestro paseo. 
Vivir en un sitio ¿es apropiárselo?, se pregunta Perec en uno de sus libros2, ¿Qué es apropiarse de un sitio? ¿A partir de qué momento un sitio es verdaderamente de uno? Puedo responder con una cita que anoté en una de mis libretas del año 2005: «Tan pronto como empezamos a sentirnos en casa en una ciudad extraña, esa ciudad empieza a sufrir un proceso de desaparición. Al cabo de tres días ya no levantamos la vista cuando el metro o el tranvía pasa por distintas paradas; al cabo de diez días recorremos las calles principales con los ojos cerrados, porque aparece la meta en lugar del trayecto; al cabo de dos meses toda la ciudad ha caído sepultada bajo su evidencia, las conexiones entre las calles ya no evocan ninguna asociación, sino que son, tan sólo, su propia y aburrida mismidad.» (Hertmans, Stefan. El libro de las ciudades. E.d. Pretextos. Barcelona:2003)
Haciendo memoria la frase no me parece tan poderosa ahora. La reinvención del sitio sobre el que se vuelve continuamente puede dar pie a la construcción de un lugar propio y no de una imagen prefabricada. Yo vuelvo, de cualquier forma, una y otra vez a citas literarias como esta. Dicen que los turistas son consumidores de imágenes más que de lugares. La imagen previa que el turista trae consigo desde el origen es la que hace posible el subterfugio al que el viajero se somete. Además, el viajante es también un consumidor de experiencias. Un acumulador de sensaciones y no sólo de fotografías. Entonces siempre la hegemonía de la primera persona. Camino y voy recolectando pequeñeces: yo y el inventario y el paseo y las imágenes. Bajo por una enorme avenida. Luego unas cuantas calles húmedas con muros de piedra. Después el embarcadero, y más allá la playa. Un exhibicionista que grita desde la ventana y dos chicos que intentan volar una cometa. El destino del trayecto es un mar que desconozco, nada se parece al de mi infancia pero, entre los mástiles y los edificios, unas grúas hacen efectiva la experiencia que buscaba, mirarlas me lleva, inevitablemente, a las tierras en las que he estado de pequeño y convierten esa ciudad extraña en un mundo familiar y conocido. Un lugar ignoto del que, gracias a la memoria y a literatura; y a la experiencia y a las recolecciones, me voy apropiando hasta volverlo un territorio próximo, una casilla en la lista de los gustos.


1 El término fue propuesto por el escritor francés Serge Dubrovsky para argumentar los mecanismos de su novela Fils (1977) en la que, según explica, se parte de hechos absolutamente reales para moldear una ficcionalización de uno mismo novelando la autobiografía.
2 Perec, Georges. Especies de espacios. E.d. El viejo topo. Barcelona:2003

15. En el camino / Fragmentos para un relato de formación.

E-mail from.
O cinco formas de pasear por la memoria imaginada de un espacio.

1.
Ernst Bloch, escribe en El principio de la esperanza, que la patria, la casa natal que cada cual en su nostalgia cree ver en la infancia, se encuentra al final del viaje. Se parte de casa, se atraviesa el mundo y se vuelva a casa. Puede que la afirmación, a pesar de su categoría, tenga sentido. En el recorrido está la única forma de intervenir el espacio, hacerlo propio. Te escribo este mail desde fuera de casa, en el extranjero. Un lugar intermedio que no forma parte ni del final, ni del comienzo; aunque yo nunca haya dejado de estar en el origen. Dicen que sólo se puede contar lo que no se conoce por oposición a lo que sí, un ejercicio de constante mediación; haciendo y deshaciendo conceptos, imágenes, lugares. Al diablo con el ansia miserable de parecer más de lo que se es, sentencia Robert Walser en El paseo. Así que, bajo el pretexto del paseo y del viaje, que para la gente de mi país significa más o menos lo mismo, comienzo por el origen: te escribo este mail desde Mazatlán, mi ciudad natal. Mazatlán está situado al occidente de México, poco más arriba de la parte central del Océano Pacífico. 22,5 Km al sur de la línea del Trópico de Cáncer. El lugar es importante para el inicio del trayecto.
2.
Suele decirse que la memoria romantiza el objeto evocado, lo dota de rasgos generales que lo vuelven un ideal más que una idea. Hemos cultivado la tendencia a recordar los lugares mediante las imágenes. Una reminiscencia que hace de los espacios físicos completas geografías imaginarias. Aquí la eficacia de las postales y el poder poético y político de las fotografías. Te escribo después de recibir dos correos desde el origen. Uno contiene un archivo PDF con un reportaje aparecido en una revista norteamericana de turismo. Dedica cinco páginas al centro histórico de Mazatlán, tres de ellas son sólo imágenes, todas antiguas. El otro, un link a un periódico local; reseña un homenaje a José Luís Rice, un personaje del puerto que ha dedicado sus años de retiro a recolectar y restaurar fotografías de época en Mazatlán; las distribuye a través de sus 25 mil contactos de correo electrónico. Un lugar reconstruido en la memoria de la imagen.
3.
Habitando en una ciudad evocada, imaginada. Viviendo en un espacio de la memoria, te escribo este mail mientras paseo. Hace un poco de calor pero la brisa se me pega; aprovecha el aire para ir evaporando los restos de sudor sobre la frente. El lugar es importante. Voy andando por una explanada extendida junto a la orilla. Tal vez la plaza pública más larga que conozco: 21 kilómetros que bordean la bahía en nueve secciones desde el centro histórico hasta la parte norte. Piso vetas de colores impresas sobre el cemento. También un poco de arena. A mi lado derecho el mar. A la izquierda la calle. Hasta ahora podría parecer cualquier ciudad en la costa. Desde la Habana hasta Tel Aviv hay malecones. Valparaíso, Sydney, Barcelona, Río de Janeiro, Beirut. Emplazamientos urbanos acompañados por el mar. Ando; se ven los bikinis y los shores* de playa. Juguetes de arena y el puesto de los salvavidas. Huele a cerveza. Lo demás son turistas. Los turistas son consumidores de lugares. Sin espacio no hay turismo, dicen los que saben de esas cosas. Recorro la curva de arena que abraza la ciudad y me siento una especie de turista permanente de estas playas. A la derecha el agua. A la izquierda, sobre la calle, la ciudad desparramada. Una postal horizontal hasta hace años; con los edificios de condominios el complejo urbano se ha vuelto vertical: La ciudad es un espacio de interacción con el presente, cambia a cada momento.
4.
La apropiación del espacio por el habitante forma parte del proceso que hace que la sociedad convierta los espacios en lugares. El fotógrafo eslovaco Evge Bavcar, afirma que cuando imaginamos las cosas existimos. El deseo de la imagen consiste en crear un objeto posible y aceptable para nuestra memoria. Bavcar es invidente, pero el lugar existe. La fotografía es verdadera, él la ha imaginado previamente convirtiendo así el espacio capturado en la imagen, en el lugar deseado desde antes. La memoria necesita un lugar de acontecimiento, aunque sea imaginario, porque la memoria es un diálogo complejo entre el espacio y el tiempo. Te escribo este mail desde el ordenador del señor Rice. El señor Rice envía sus cadenas de mails a todo el mundo. La faena le ocupa cinco días y unos 380 kb de memoria por correo. Suficiente para su propósito, el paseo por un Mazatlán aceptable para la memoria colectiva de su lista. Yo voy caminando, recojo imágenes y hago memoria; o, gracias a la memoria que hago con imágenes, voy ahora caminando por el paseo. Te escribo este mail desde otra parte, pero intento, con todas mis fuerzas, ir caminando por el malecón de la ciudad donde nací. Como no sucede en otros sitios, aquí la cara se da siempre al mar. La arteria principal bordea la orilla y la ciudad crece, desde el malecón hasta el oeste. No se sabe en realidad por qué, pero siempre se insiste en esa imagen. La relación que las ciudades de costa han guardado siempre con el mar está determinada por la actividad económica, pero hay algo más. Tiene que haberlo. Un poeta local me da una ejemplo que orienta: convencidos de que entre el horizonte y la arena existe y nos separa un espejismo de recuerdos.*
5.
El andador extendido es herencia de la primera gran iniciativa urbanística. El paseo Olas Altas, la parte sur del actual malecón y la primera en trazarse, se terminó en 1897, la apariencia que conserva hoy es fruto de una ampliación hecha en 1954. El señor Rice tiene fotos de ambas épocas. El atrevimiento que consiguió su trazo no sólo vaticinó si no que impuso una forma de ciudad y una forma de paseo. Lo hace la gente por la mañana, temprano. Caminando de ida y vuelta bajo el pretexto del ejercicio físico. Lo hacen también por la tarde, cuando se sientan, con el atardecer como pretexto, en la bardita que el malecón convierte en una banca extendida. Paseo, en esta ciudad las diferentes secciones del malecón se llaman paseos: Olas Altas, Claussen, Centenario. La redundancia parece casi una metáfora. La figura finalmente no es más que un puente tendido entre conceptos, un trayecto; el nombre indica el uso mismo del espacio. Paseo (por el paseo) y me revuelo un poco en el espacio público de esa plaza desparramada. Con las imágenes y con la memoria. Con el más reciente forward del señor Rice que tiene seis nuevas fotografías de la antigua construcción de Olas Altas. El comienzo del trayecto, que es en realidad el final. O como dijo Bloch, es circular el viaje. Muchos espacios a contra posición que terminan siempre en el mismo sitio: te escribo este mail desde la memoria de mi ciudad natal, andando por el paseo y recorriendo la postal, como un turista permanente de estas playas.


* Shores: castellanización del inglés short que significa pantalón corto. Muy utilizada coloquialmente en los lugares de playa mexicanos.
* Nino Gallegos. Andar en la soledad del puerto con la cabeza a pájaros. Praxis: 2001.