151. Cambiar de rostro

8.
Latidos del leguaje.
El vacío rodea todas las cosas, y por eso recurrimos a la imaginación, a las máscaras del yo. Decía Aristóteles que es imposible pensar sin una imagen, que no hay memoria sin fantasmas. Por un azar que se repite el mundo existe, por azar somos, escenas «en el espacio mudo e irreal del péndulo / en el que la memoria las proyecta / sobre el débil lienzo de la imaginación». La mirada se hace melancólica, busca la luz del recuerdo en «la nada del mundo». Es la ilusión de una instantánea: «Mirar todas las cosas transformadas / en la quietud profunda del instante». No hay más lenguaje que el lenguaje, y todo lo que no es lenguaje es real. El texto dice en la sucesión condensada de los instantes. Como en un espejo, el que mira se ve a sí mismo, ve el fantasma del yo que busca su reflejo en las palabras. La identidad está sometida al lenguaje al intercambio de sí por otros, de cada cual por todos. Los espejos del yo ponen en juego la naturaleza «borrosa» de nuestra identidad y, rompiéndola, la crean en las palabras del texto. (Antonio Ortega. Babelia. 08/ 08/ 09).